viernes, 6 de enero de 2012

Nuevo día de Reyes

Recuerdo que el año pasado ya hice una entrada en esta fecha, pero como es mi fiesta favorita de toda la vida hoy vuelvo a escribir sobre el mimo tema, porque cada una es distinta pero no por ello menos ilusionante que las anteriores. Los abuelos hemos disfrutado como niños viendo vuestras caras de alegría e ilusión, aunque no sólo la de los más pequeños, sino también la de los mayores. Estoy cada vez más convencida de que los pequeños momentos vividos en familia son los que te proporcionan mayor grado de paz y felicidad. No tengo mas remedio que daros a todos las gracias, y si en estos momentos los ojos se me llenan de lágrimas son de emoción, de agradecimiento a Dios que nos da muchísimo más de lo que nos merecemos. Cuantas personas existen que teniendo hijos, nietos, padres, se sienten absolutamente sólos y abandonados, y sin embargo nosotros somos unos auténticos privilegiados por teneros a vosotros y a vuestros padres.


Os quiero comentar algo que me parece muy importante, y que quizás cuando lo leáis de mayores ya no esté con vosotros físicamente, porque en espiritu estoy segura que siempre vamos a estar a vuestro lado. Mirad, os voy a dar un pequeño consejo que considero fundamental. No os olvidéis nunca de los muy buenos ratos que hemos pasado todos juntos, de lo bien que nos hemos sentido, de como las horas se nos han pasado rápidas, de nuestra oración de acción de gracias con el rezo del Padre Nuestro, de vuestras pequeñas disputas que al final han quedado en nada con ese perdón que mutuamente os habéis pedido, y el "borrón y cuenta nueva" que es lo mismo que decir: parto de cero y me olvido de lo anterior. Pues bien, de esta frase quiero reflexionar con vosotros. Procurad en vuestras vidas de adultos llevarla a la practica siempre, no guardar nunca rencor, porque no nos sirve nada más que para hacernos sufrir y causarnos daño. En ocasiones no pedimos disculpas porque todos somos orgullosos y sufrimos innecesáriamente. La familia, como todo en la vida, hay que cuidarla, "alimentarla" de muestras de cariño, de apoyo, de disculpa, en definitiva: de amor. Si así lo hacéis, yo os aseguro que nunca os va a perjudicar, sino que os sentiréis bien con vosotros mismos y con los demás. A los abuelos en algunas ocasiones se les han producido situaciones de sufrimiento, pero gracias a Dios en esta etapa de nuestra vida, nos sentimos en paz y tranquilos, hemos procurado que no anide en nuestro corazón ningún tipo de resentimiento.

Siempre, por años que vayan transcurriendo, hay que procurar no perder la capacidad de seguir ilusionándose con las pequeñas cosas. Es verdad que en ocasiones preparad una fiesta de Reyes tan fantástica cuesta mucho esfuerzo y cansancio, son muchas las cartas que se tienen que enviar a los Reyes, pero al final merece la pena y compensa todo el trabajo llevado a cabo. En definitiva, todo cuesta trabajo, pero me parece que el gozo vivido supera con creces el esfuerzo previo. Os queremos cariños mios, y esperamos ya con ilusión la venida de los Reyes del año próximo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La abuela "profe"


Con la llegada del Otoño voy a quitarme un poco la pereza del verano, y con el nuevo curso que todos habéis comenzado intentaré relataros donde he trabajado hasta que me jubilé voluntariamente a los sesenta y dos años.

Cuando la abuela tenía diez años en el plan de estudios de ese momento se hacía un examen de ingreso a bachiller, a continuación cuatro años de bachillerato con reválida incluida de esos años (se llamaba bachiller elemental), y seguidamente dos años mas con su correspondiente reválida (bachiller superior). Después teníamos un curso que se llamaba preuniversitario, que era sencillamente el acceso a la Universidad. La abuela también lo cursó y en vez de seguir una carrera universitaria hice magisterio, pensado sinceramente que jamás me dedicaría a la enseñanza, incluso en una ocasión le llegue a comentar a mi madre que nunca lo haría, añadiéndole: "antes fregaré escaleras que dar clases". El abuelo que es cuatro años mayor que yo hizo estos mismos estudios, pero con un plan de estudios más antiguo, que constaba de un ingreso a los diez años y seguidamente siete cursos de bachiller, y al final una reválida que se llamaba exámen de Estado, que una vez aprobado te daba la posibilidad de hacer un exámen de ingreso en las Escuelas de Peritos Industriales que fué la carrera que cursó.

Cuando finalicé mis estudios, para que me dieran el titulo, tenía que irme a un campamento de verano para realizar una serie de actividades relacionadas principálmente con la educación física y algunas otras materias. Vuestra abuela, inconscientemente, pensando que nunca lo iba a necesitar, no quise hacerlo y por lo tanto tampoco me dieron el título de magisterio. Pasaron los años, me case con el abuelo, tuvimos nuestro primer hijo (vuestro padre Ignacio y Álvaro), me dedique a criarlo y tan feliz. Así fueron transcurriendo los años y aproximádamente cuando había cumplido los cuatro añcs mi niño, pensando además que ya no podía tener mas hijos (así nos lo dijo el médico), tuve la oportunidad de trabajar dando clase en un centro de enseñanza que entonces se llamaba Escuela de Maestría Industrial, en donde ya trabajaba el abuelo dando clase de Tecnologia de Electricidad y otras materias. Inmediátamente acepté la oferta, pero cuando fui a presentar la documentación que me exigían, lógicamente me faltaba lo principal, el titulo de mi carrera, Cuando fui a solicitarlo, me encuentro con mi pasado, y me dicen que me falta el requisito o justificante de haber realizado aquellas actividades que quedaron pendientes. Ante esta situación de inmediato decidí ir a realizar esas actividades que en su momento me negué a realizar, pero además en una situación con más inconvenientes, ya que tuve que trasladarme a Alicante en régimen de internado en un colegio menor durante un mes. Pero a los quince días surge un nuevo problema: detectaron que había chinches, es decir, unos bichicos muy pequeños pero imposible de poder convivir con ellos. Tuvieron los responsables de Sanidad que cerrar el Colegio por un tiempo hasta que con sucesivas fumigaciones pudieron eliminar esos "huéspedes" tan poco recomendables. Como faltaban otros quince días del curso los concluimos sin tener que pernoctar en las instalaciones del Castillo de dicha ciudad. Pero como el curso era en pleno verano, subir aquella cuesta por la mañana y por la tarde no era muy apetecible, pero eso sí, tuve la gran recompensa de poder llevarme a mi hijo (vuestro padre, Ignacio y Alvaro), junto con vuestra bisabuela Carmen a casa de una prima hermana de mi madre, que se llamaba la prima Encarna, y que estuvo feliz de ofrecernos la casa con todo su cariño.

Aquí se inicia una nueva etapa en la vida de vuestra abuela, al principio llena de miedos ante lo desconocido y sobre todo porque me preocupaba mucho el no hacerlo bien. Así fueron transcurriendo los años dando el abuelo y la abuela clases con plaza de interinos, y cuando menos lo esperábamos nos llegó la gran alegría de que venía al mundo mi segundo hijo, tu padre Paula. Y tres años después de nuevo esperaba mi tercer hijo, vuestro padre Pablo, Juan y Ana. No os podéis imaginar lo felices que nos sentíamos, pero lógicamente el trabajo se multiplicó y además coincidió justamente cuando se convocaron las primeras oposiciones a las que podía optar. Cuando estaban los tres dormidos, después de preparar las clases del día siguiente, me ponía a estudiar el temario de la oposición. Así todo un año, muchas madrugadas me quedaba dormida sobre los folios. Pero bueno, cuando algo se quiere conseguir es necesario ser tenaz y no decaer en el esfuerzo que te pueda suponer llevarlo a buen termino. Llegó el momento de la oposición; las pruebas las hice en Madrid, y os cuento un secreto, si no es por el abuelo (que ya las había aprobado en la misma ciudad el año anterior), a mitad de los exámenes habría abandonado. Estaba tan agotada que me parecía imposible poder aprobar. El abuelo no me dejó tirar la toalla y ¿sabéis qué?, pues que aprobé y además tuve la gran suerte de poder elegir a nuestro querido pueblo para trabajar.

Ha sido toda una vida dedicada a la enseñanza, repleta de momentos muy reconfortantes y algunos de sufrimiento. Antes os he comentado como pensaba la abuela cuando era jovencita, y como en mis planes jamás estaba el dar clases, sin embargo os puedo asegurar que desde el primer día de trabajo me he dedicado con entusiasmo e ilusión a mis alumnos, que he sido feliz en mi trabajo, que empecé a disfrutar de él cuando descubrí que no pasaba nada cuando algún alumno me preguntaba algo y no sabia la respuesta, se lo comentaba y al siguiente día se la daba. El descubrir mis limitaciones, asumirlas con naturalidad, supuso para la abuela un descanso tremendo. El día que tome la decisión de jubilarme, para mi fue un momento duro, porque realmente disfrutaba con lo que hacia; pero también quiero transmitiros que en ningún momento me he arrepentido de esa decisión, porque el "trabajo" al que me he dedicado desde entonces ha sido variado y muy importante.

domingo, 3 de julio de 2011

La Muchacha, mis nietos y el Cielo



No quiero dejar transcurrir ni un día más sin dejar plasmadas algunas de las vivencias que todos nosotros hemos vivido con la Muchacha.


Han pasado unos seis años desde que aparecieron los primeros síntomas de su enfermedad. Se inicio con un cambio brusco de su carácter. Recordaréis Ignacio y Álvaro, sobre todo por la edad, que en ocasiones los juguetes que os traíais a casa de los abuelo los escondía y no dejaba que los tocaseis. Había una serie de comportamientos inusuales en ella, todos consecuencia de su deterioro neurológico. Sucesivamente se produjeron grandes cambios en ella, en los cuales todos habéis participado, pero tengo que deciros que os habéis portado con ella de una forma admirable. En muchas ocasiones, cuando intentaba levantarse de su sillón, vosotros me ayudabais, porque a la vez que estabais viendo dibujos la vigilabais para que no se levantase de su sitio y evitar así algún porrazo. Siendo tú Alvaro muy pequeño, me llamaste muy apurado (yo estaba en la cocina) y al instante me gritaste: "no vengas abuela que he conseguido parar a la Muchacha". Son innumerables los detalles que me vienen a la memoria, pero lo que me gustaría que no olvidaseis nunca, es con el cariño, el respeto, la comprensión con la que la habéis tratado y como habéis vivido con total naturalidad el ocaso de una persona buena y servicial.

Necesito también dejar constancia, de como vosotras, Paula y Ana, me ayudabais a darle la merienda, a llevarla a la cama para cambiarla e incluso cuando estaba con un poco de caca, como os tapabais la boca con vuestra camiseta, pero no queríais saliros de la habitación para colaborar dándonos las toallitas o la crema y sobre todo acariciando su cara y diciéndole palabras tan cariñosas como: "cariño, no pasa nada, ya falta poco, te vas a quedar muy agusto". Gracias en nombre de ella a mis queridos seis nietos.


El ultimo día, cuando ya sabíamos que su corazón le estaba fallando, os trajo vuestra madre y tía Tere a darle un último beso, antes de irse al Cielo. Estabais todos, menos Ignacio y Álvaro por no residir aquí, y quiero comentar como al día siguiente me preguntasteis donde había dejado a la muchacha, y sencillamente os conteste con la verdad, que en el Cielo, incluso añadí: "¿os acordáis de las zapatillas que siempre llevaba?; pues hasta con ellas se la ha subido el Señor".

En estos primeros días de su ausencia todos la echamos de menos, pero como gracias a Dios os tenemos a vosotros nos hacéis sentirnos bien. Tú Ignacio definiste perféctamente con solo dos palabras el bien inmenso que nos regaláis sin pretenderlo, sois los "barrenderos de nuestras penas". Somos los abuelos mas privilegiados del mundo entero.

domingo, 8 de mayo de 2011

Las fiestas de la abuela


Ahora que han concluido las fiestas de mayo, voy a escribiros sobre ellas con los recuerdos que tengo de las distintas etapas de mi vida. Lo mas lejano que me viene a la memoria es que el día dos de mayo de todos los años nos levantábamos muy temprano. Me hacia mucha ilusión oír los cascabeles de los caballos, y nos salíamos a la terraza de la puerta de la calle para ver a dos caballos del vino que nunca faltaban a la cita de traerlos para que mi padre y toda la familia admirásemos su enjaezamiento, que por cierto, en absoluto se parecen en nada a los actuales; solamente se les ponía sobre el lomo la colcha mas lujosa que tenían en cada una de las casas de las familias que los vestían, y encima colocaban sus respectivas banderas, en mi recuerdo aparecen como los más bonitos del mundo. Los dueños de esos caballos eran amigos de mi padre y por eso tenían el detalle de traérselos, ya que era costumbre el exibirlos ante los amigos de los caballistas. Los dos a los que me refiero eran el caballo del "Faralá" y el de los "Rabietas". Mi madre siempre tenia preparada una bandeja de dulces acompañada de alguna bebida, que era lo habitual en aquella época.

A continuación nos íbamos a oír la Misa de Aparición y seguidamente nos trasladábamos al Castillo para presenciar el Baño del Vino y la bendición de las flores que previamente había adquirido la Cofradía junto con la bandeja de las Madres Carmelitas, que seguidamente se repartía a la gente.

A continuación nos poníamos en las almenas para, con la mayor de las emociones, esperar el momento tan ansiado de contemplar el espectáculo único de la carrera de los caballos del vino, ya que desde allí, como no había arboles en la cuesta, se podía observar perfectamente las carreras sin ningún peligro. La mayor parte del publico se situaba en la cuesta, abriendo paso al caballo cuando pasaba, igual que hacen ahora vuestros padres. El abuelo desde muy pequeño, con tan solo cuatro años, lo llevaba su padre, es decir, vuestro bisabuelo Pepe, sobre los hombros en medio de la cuesta.

Por aquel entonces, no se premiaban los enjaezamientos y si al caballo mas veloz con sus cuatro caballistas que llegaban hasta el final de la cuesta. A cada uno de los participantes se les obsequiaba con una arroba de vino de la Cruz. Poco a poco han ido evolucionando las fiestas hasta ser como lo son en la actualidad y vosotros ya conocéis.

Las atracciones de las que se podía disfrutar en esas fechas eran los columpios, a mi me gustaba mucho la Montaña Rusa, los Caballitos o el Tío Vivo, la Noria, las Barcas y poco mas, pues en nada se parece a las que montan en la actualidad. La Muchacha me llevaba normalmente y también íbamos a la Plaza del Ayuntamiento donde ponían unas casetas en donde podías adquirir juguetes y otras muchas cosas. Todo esto que os he relatado ocurría cuando vuestra abuela tenia unos cinco o seis años, en esa etapa de la vida cualquier hecho que sea distinto a la rutina lo vives de una forma mágica.


En otro momento de mi vida, y cuando ya habían nacido vuestros padres, por circunstancias de la vida, en la casa de los abuelos durante los días de fiesta nos reuníamos mucha gente. La noche de las migas, por ejemplo, nos juntábamos un numeroso grupo de amigos y conocidos. Detrás de nuestra casa hacíamos como mínimo migas para unas cincuenta personas. El día dos, preparábamos un gran desayuno para mucha gente, al mediodía hacíamos arroz para casi doscientas personas, pues bien, con todo ese trabajo los abuelos sacábamos tiempo para coger a vuestros padres y subir la mañana del día dos bailando y cantando detrás de algún caballo del vino.
En la etapa de mi vida que estoy en la actualidad lógicamente no puedo hacer nada de eso, pero lo que si es cierto es que me lo paso bien gozando de vuestra presencia sobre todo, y como además tenemos un sitio privilegiado, disfruto de otra manera. Me gustaría saber transmitiros que la ilusión por las cosas no tiene por que perderse por muchos años que cumplas, sino que se pueden vivir los acontecimientos de distinta forma y no por ello disfrutar menos.

jueves, 24 de marzo de 2011

Vuestros padres de niños


En esta ocasión os voy a relatar sin extenderme demasiado como eran vuestros padres de pequeños. El primero en nacer, como bien sabéis Ignacio y Alvaro, fue vuestro padre. Vino al mundo un Jueves Santo, un siete de Abril de hace años y aproximádamente a las cinco de la tarde en Valencia. La clínica se llamaba, ya no existe como tal, "la Cigüeña". Nació a los nueve meses de habernos casado el abuelo y la abuela. Le costó bastante trabajo nacer, yo estaba con una buena gripe, con fiebre alta y eso lo complicó todo un poquillo. Pero nada de eso tiene importancia, lo único que merece la pena recordar es cuando lo vi por primera vez, tenia la cabeza un poco "apepinada", cosa normal por otra parte, la piel morena, pesó solo dos kilos ochocientos gramos, y a nosotros nos pareció precioso. Estábamos en Valencia en casa de unos íntimos amigos, Doloretes y Ricardo, que nos hacían sentirnos como en la nuestra. La abuela tardó en recuperarse unos días y a final de mes, en la Iglesia de los Carmelitas de la calle Alboraya, mi hermano Pepe lo bautizó.

Al principio no sabia ni cogerlo, me daba miedo hacerle daño, me sentía observada cuando lo cambiaba, me ponía nerviosa. En aquella época vivíamos en una casa muy antigua, vieja e incomoda, y muy fría. No es fácil que podáis entender la odisea que tenia que hacer para una cosa tan simple como el bañarlo. El cuarto de baño estaba en el extremo opuesto de la casa, había que trasladar una estufa de butano deslizándola por un pavimento al que le faltaban losetas, por lo cual se añadía una dificultad mayor. Allí fue creciendo rodeado de mucho cariño, la abuela Carmen al vivir con nosotros lo colmaba de mimos, y se convirtió en el centro de todo.

Era un niño muy tranquilo, Ignacio tú me lo recuerdas mucho. Sabia entretenerse sin ningún tipo de problemas. Entonces no existían los juegos de ahora; pasaba grandes ratos con una arquitectura de plástico que se llamaba "Exin Castillos", y hacia cosas preciosas y difíciles. También se pasaba muchos ratos jugando con un fuerte de madera con indios y americanos. Así fue transcurriendo su infancia, sin hermanos con los que jugar en casa: a la abuela le habían dicho que ya no podía tener mas hijos. Yo tenia la obsesión de que estuviese rodeado de niños de su edad, por eso procuraba que compartiese sus juegos con sus primos del Camino del Huerto, los llamábamos así por vivir en ese paseo. Recuerdo perféctamente en invierno salir de nuestra casa con abrigo, guantes, "berdugo" (era un gorro que le hacia su abuela Carmen de ganchillo, como los que llevan los policías, donde solamente se le veían los ojos); llegábamos a casa de sus primos y nos los encontrábamos en camiseta, jugando en la calle, sudando, sin frío. Era un gran contraste, por otra parte lógico, ya que en nuestra casa se sufrían mucho las temperaturas bajas, y en el paseo donde vivían los primos los días de sol eran y siguen siendo muy agradables.

Cuando tenia cinco años, a la abuela se le presento la oportunidad de trabajar en la enseñanza, en el mismo Centro donde daba clases el abuelo. No dudé ni un instante en aprovechar esa oportunidad, sobre todo mi decisión era clara, lo hacia por el bien de ese hijo único que el Señor nos había regalado. Ya os contaré en otra ocasión lo que tuve que hacer y como organicé mi vida para poder trabajar. Pasaron tres años más, y ¿sabéis qué?, sencíllamente que nos ocurrió el gran milagro: cuando ya habíamos perdido toda esperanza de volver a ser padres, resulto que estaba de nuevo embarazada. Ni os imagináis la ilusión, la alegría, el gozo y el agradecimiento al Señor por ese grandísimo acontecimiento; todavía me emociono al recordarlo, se me saltan las lágrimas. Vuestro padre, Ignacio y Alvaro, todo lo que os diga es poco, nos había preguntado muchas veces por qué no podía tener hermanos, así que pensad como se puso de contento al enterarse que venía un hermano de camino.

Por fin nació un once de Marzo, tu padre Paula. Nació en Murcia en la clínica de Belén, era Lunes y también por la tarde, alrededor de las cinco. Igual que a su hermano, le costo un poco el venir a este mundo, aunque la verdad es que menos, lo mismo que la primera vez, cuando lo tuve en mis brazos me pareció lo más bonito del mundo. El pesó también fue parecido, tres kilos, la piel mucho más blanca, no se parecía en nada a su hermano mayor. Se bautizó en la Parroquia de la Concepción de nuestro pueblo, también administró ese sacramento mi hermano a finales de Marzo. Sus tres primeros meses, por las tardes y al anochecer pasábamos un ratico malo porque lloraba mucho, seguramente por lo que ahora llaman "cólicos del bebé", en ese tiempo sencíllamente cada cual daba su opinión, pero nadie en realidad sabía el motivo. Seguíamos viviendo en esa misma casa fría e incomoda que antes os he descrito un poco, hasta casi cuando cumplió los cuatro años. Al principio dormía a nuestro lado en una cuna metálica, pero después en una habitación que estaba al lado de la nuestra; pusimos otra cama al lado de la de su hermano, las mismas que cuando venís a casa de los abuelos a dormir tenemos. Rápidamente fue creciendo, en carácter era muy parecido a tí Paula. Con sólo dos años silbaba perféctamente, recuerdo en una ocasión llevarlo tomado dando un paseo, empezó a silbar y unos amigos que iban delante de nosotros volvieron la cabeza sorprendiéndose de que lo pudiese hacer tan estupendamente. Era muy cariñoso, sensible, algo travieso, nervioso, le encantaba jugar con su hermano y éste la verdad es que lo entretenía mucho, incluso pasaba muchos ratos metido con él en un "parque de madera" porque sólo no quería estar. Los balones eran su mayor ilusión. Por aquella época, muchos fines de semana nos trasladábamos a casa de mi hermano Paco a Cartagena. Vivía en una casa con jardín, donde disfrutaban a tope, se tiraban por un pequeño tobogán con sus primos, y lo cierto es que todos estaban pendientes de ellos.

Pasaron tres años y otra nueva alegría que recibimos con igual ilusión que las dos anteriores: íbamos a tener un nuevo hijo, vuestro padre, Pablo, Juan y Ana. Nació un diecisiete de Agosto, Miércoles. Estábamos en la playa, el día quince de agosto, que como sabéis es fiesta, nos fuimos a Murcia, la tita Chon, el abuelo y yo. Me tuvieron que provocar el parto, y en todo ese día que transcurrió se vinieron de la playa el tito Paco y el tito Pepe a la espera del gran acontecimiento. Ocurrió sobre las seis de la tarde, de peso aproximádamente como sus hermanos, piel morena e igualmente precioso. A los tres dias ya estábamos otra vez en la playa. Las primeras semanas lloraba sin consuelo todo el tiempo, ya no sabíamos como calmarlo. El pediatra nuestro veraneaba en una playa de Mazarron, sin pensarlo mucho, una tarde nos fuimos a buscarlo, por cierto que estaba en una fiesta con unos amigos, nos atendió y nos tranquilizó sobremanera porque lo que tenia era una pequeña hernia umbilical. Hicimos lo que nos dijo y poco a poco se fue tranquilizando. El bautizo fue en Aguilas, a finales de Agosto, en la Parroquia de San José, una tarde tormentosa. Teníamos la merienda organizada en la placeta de la playa, y tuvimos que hacerlo en casa del tito Manolo. Existe una foto muy graciosa de tu padre Paula, bailando ese dia con su habitual cara de pillo, sin darle vergüenza con una sobrina de la tita Carmen.

Cuando tenía cuatro meses, por fin nos trasladamos de casa. Ignacio se acuerda de ella un poco, ya que ahora no existe, aunque estaba un poco deteriorada a nosotros nos parecia un palacio. Tenia unas cualidades extraordinarias en cuanto a temperatura tanto en invierno como en verano, muchisimo mas cómoda y acogedora. Constaba con dos plantas y en la de abajo había un pasillo muy largo y ancho que no os podéis imaginar que ratos pasaban vuestros padres jugando al fútbol, al baloncesto (pusimos una canasta), con juguetes,... Había en el fondo de ese pasillo una habitación que la llamábamos, la habitación de los "jaleos" porque allí se almacenaba de todo, entre otras cosas juguetes.

Vuestro padre, Pablo, Juan y Ana, era en carácter muy parecido a su hermano mayor; tranquilo, se pasaba montones de ratos jugando con una señora estupenda que le ayudaba a la abuela: se llamaba Paca. Quería a vuestro padre con locura, cuando yo volvía de trabajar siempre me decía lo mismo: el niño ha sido buenísimo, era una santa mujer, llena de sufrimiento en su vida, pero aún sin haber tenido la oportunidad de ir ni un solo día al Cole, tenia más sabiduría y educación que muchas otras personas.

Cuando tenía en el Cole algún examen, le gustaba que yo le preguntara todo y hasta que no lo hacía no se quedaba tranquilo. ¡Ah!, se me olvidaba comentaros que los tres iban a clase de judo, los tres pertenecían a un grupo de bailes regionales, por cierto, los dos mayores en dos ocasiones fueron a concursos al extranjero, también tenían clase de Ingles. Como veis no había demasiado tiempo para aburrirse.

Así fueron creciendo, rodeados de todo los cuidados y cariño que las personas pueden transmitir y os lo aseguro, sin darnos cuenta, el tiempo ha pasado tan rápido que se nos hicieron mayores y padres de todos vosotros.


Conforme iba escribiendo me venían a la memoria montones de recuerdos que es imposible poder plasmar. Solamente quisiera que os quedaseis con el mensaje de que tenéis los mejores padres que puedan existir, sois unos verdaderos privilegiados, nunca lo olvidéis. Tampoco seria justo concluir sin deciros desde lo mas profundo de nuestro ser, que tambien son los mejores hijos que puedan existir.