domingo, 24 de febrero de 2013

Carmelitas Descalzas

 
Con esta entrada me gustaría poder acercaros  a estas mujeres que muchas personas, por total desconocimiento, las consideran un poco o un mucho "chifladas"; sin embargo, quienes así piensan se equivocan, como en tantas ocasiones que juzgamos sin saber.
Desde mi infancia siempre he tenido la suerte de estar en contacto muy estrecho con estas religiosas, que para mi eran como de nuestra familia. El convento que habitaban había sido fundado en tiempos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz (cuando seáis mayores procurad interesaros por estos dos grandes personajes de la historia, y quedareis asonbrados de sus escritos).

No os he comentado que son monjas de clausura, es decir, que no salen a la calle salvo en casos excepcionales, como por ejemplo cuando se ponen enfermas. Seguro que os estaréis preguntando que pueden hacer encerradas todo el tiempo, como es que no se aburren, de que viven,... La respuesta a todos los interrogantes es muy simple: su misión principal y a la que dedican la mayor parte de su tiempo es a orar por todos sin descanso. La abuela en cientos de ocasiones les he pedido sus oraciones por distintos motivos; os puedo asegurar que el poder de la oración es inmenso y te sientes fuerte ante problemas que van surgiendo a lo largo de la vida.

En tiempos en los que la abuela  estaba estudiando en Murcia,  si las monjas se ponían enfermas y necesitaban que les realizasen pruebas, como aquí no había hospital ni sitios para poder atenderlas, se desplazaban a Murcia y se hospedaban en nuestra casa. Por este motivo, he tenido la grandísima suerte de convivir durante días con muchas de ellas. El medico que las atendía era un gran profesional y una gran persona. Quiero que os suene su nombre: Don Manuel Salmerón. Algún día os hablaré de él.

En una ocasión, a una monja que se llamaba Carmen Teresa, por cierto guapísima e inteligentísima, por mi ignorancia le comenté: "en el convento debe resultar muy fácil el ser buena". Ella me miro fijamente y con mucha dulzura me contestó: "no sabes lo que dices, tu no conoces el sufrimiento que te puede ocasionar la convivencia". Yo le insistí: "pues si hay alguna monja con la que no estas a gusto lo que tienes que hacer es no acercarse a ella". Me volvió a corregir: "es todo lo contrario, cuando tenemos la recreación (significa que después de la comida tienen una media hora para poder hablar) procuro siempre ponerme al lado de la que más distante pueda estar". Cuando han pasado los años la he entendido y además, leyendo la vida de Santa Teresa, de San Juan de la Cruz, y de Santa Teresita del Niño Jesús, lo he comprendido aun mejor. Cuando al cabo de unos cuantos años esta monja murió, a vuestro padre que tenía ocho años de edad, Ignacio y Álvaro, lo lleve a su entierro. Ella estaba al otro lado de la reja, toda cubierta de flores y su cara resplandecía de paz. Es la primera vez que mi hijo vio a una persona muerta, y creo que no guarda ningún mal recuerdo de esa experiencia. Estuvo delante de una persona santa.

Vuestro padre, Ignacio y Alvaro, el tuyo Paula y el vuestro, Pablo, Juan, Ana y Marta, en varias ocasiones tuvieron oportunidad de entrar dentro del convento. Dentro de sus reglas o normas está una que dice que cuando se les tiene que entregar algo de peso que no quepa por su tamaño por el torno (es como una ventana que tiene una plataforma giratoria dividida en tres partes por la que se le introducían necesidades de poco tamaño) pueden transportarlo los hombres al interior del convento, pero nunca las mujeres,  al ser ellas mismas mujeres y por tanto capaces de realizar cualquier trabajo físico que pudiera hacer una mujer. Pues bien, vuestros padres en ocasiones les han llevado alimentos en cajas de más de veinte kilos; entonces les habrían la puerta, salía a recibirlos la madre superiora junto a otra monja con la cara tapada que tocaba una campanilla para avisar al resto de monjas de que había gente extraña dentro del convento. Siempre los guiaban por un itinerario hasta la cocina, y la salida lo hacían por otro y así podían ver más cosas de su interior. En la actualidad ya no se tapan la cara. Vuestros padres siempre estaban dispuestos a entrar en el convento, y no sólo por ayudar, sino porque decían que allí dentro se experimentaba una sensación de paz y felicidad como en ningún otro sitio. Allí la presencia de Dios se multiplicaba.

Quiero destacaros que las monjas son muy austeras y viven de lo que les entrega la gente, pero siempre sin ningún lujo. Vuestros padres muchas veces me contaban cuando entraban al convento que solo veían en la despensa alguna caja de patatas, huevos y verduras de su huerto. Por esta razón, en algunas ocasiones especiales, con motivo de alguna festividad religiosa, les enviábamos alguna comida especial; les decíamos que hicieran un "extraordinario" porque si se les entregaba dinero lo dedicaban a artículos de primera necesidad. Ellas nos han pagado con creces estos detalles cuando han pedido en oración por cualquier circunstancia que les hemos solicitado.

A la entrada del convento, justo al lado del torno, había un mosaico con la siguiente frase: "una  de dos, o no hablar o hablar de Dios, que en la casa de Teresa esta ciencia se profesa".
Ignacio, tu bautizo se llevó a cabo en la Iglesia de las Carmelitas y después de estar bautizado te llevaron tus padres para que te vieran más cerca; ellas estaban detrás de una reja. También la Primera Comunión de tu padre, Paula, y del vuestro, Pablo, Juan, Ana y Marta se realizó allí. Existen fotos que recuerdan estos momentos.

Hace unos años, en un viaje que hicimos con los carmelitas visitamos Toledo. Fuimos al convento  de las madres carmelitas y la sensación que sentí al cruzar el umbral de la puerta fue como si entrara a mi casa. Recuerdo que así se lo transmití a ellas, fue una sensación hermosísima. Eso mismo me ocurre siempre que he tenido ocasión de visitar otros conventos.
No quiero terminar sin antes recordar a otra carmelita muy especial: se llamaba Madre Consuelo y os puedo asegurar que era una santa mujer. En la historia del carmelo existen innumerables carmelitas de una valía extraordinaria y de una santidad mucho mayor.


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