domingo, 2 de febrero de 2014

Mi número 8


No quiero dejar transcurrir el tiempo sin dedicarte esta entrada a ti, Álvaro. Sabes que eres nuestro número ocho favorito. Ayer, por vez primera, hiciste el debut como jugador en el pueblo de tu padre. No sabes con la ilusión que todos esperábamos ese momento. Había preparado la comida con antelación para que todo estuviese a punto y no perderme, mejor dicho, que los abuelos no nos perdiéramos  ni siquiera el calentamiento. Así lo hicimos; todos estábamos allí, tíos, primos, hasta Marta estuvo animando  a nuestro jugador preferido. Me habría gustado que tu equipo hubiese ganado, pero el resultado es lo de menos. Lo más importante es que pudimos ver como disfrutas jugando y  por supuesto nosotros también lo hicimos acompañándote. A menudo digo lo mismo, pero no me voy a cansar de repetirlo:  siempre damos gracias a Dios por estos pequeños momentos y otros muchos que nos hacéis sentirnos agradecidos por todo lo que nos dais.
La abuela aprovechó la ocasión para celebrar el cumpleaños del abuelo que como sabéis es el próximo día ocho. Apagó sus setenta y ochos años con toda la ilusión al verse rodeado de todos vosotros.
Lo peor de ayer, que tu estabas enfermo y tu madre  también. De hecho os fuisteis pronto porque la fiebre apareció en los dos. Ya en el partido estabas mal, pero como buen profesional aguantaste como un valiente.

domingo, 26 de enero de 2014

Viaje de novios de los abuelos


Hace tiempo que no hago ninguna entrada. Yo creo que me he vuelto un poco perezosa, pero tengo pendiente la segunda parte de la boda de los abuelos, es decir, su viaje de novios.
La primera noche de casados nos fuimos a dormir a Murcia, a la mañana siguiente teníamos previsto salir para Granada. El abuelo disponía de un gran coche, un Seat 600, para realizar el largo itinerario que con toda ilusión habíamos planeado. En los días anteriores a la salida lo había llevado a un taller a que lo revisaran con minuciosidad para que estuviese perfecto todo el trayecto.
Si tenéis curiosidad por conocer el modelo de coche que era, meteros en Internet y os quedaréis asombrados de lo amplio y cómodo que era para viajar cuatro personas, a lo que había que sumar sus respectivos equipajes. Por supuesto, el aire acondicionado era absolutamente ecológico: la ventanilla abierta
Nuestra gran aventura comenzó a media mañana del día veinticinco de junio. La guasa empezó en la cafetería en la que desayunamos. Nada más entrar en el recinto, estaba allí un intimo amigo que la tarde anterior había asistido a nuestra boda y al vernos aparecer, con bastante humor, se puso a gritar: ¡Vivan los novios¡; todos nos dieron un aplauso y nosotros sin saber que decir.
Por fin nos montamos en nuestro flamante coche y rumbo a Granada. A los pocos kilómetros notamos que  se calentaba el motor y mirando vimos que salía humo del mismo. Paramos en una gasolinera donde compramos unas botellas de agua, y el abuelo y el tito Juan le echaban agua fría al radiador, y después de un rato cuando se enfrió el motor a continuar el viaje. En aquella época no había autovías, eran carreteras con tramos incluso sin asfaltar, con una serie de curvas que ni las podéis imaginar. También tenían cuestas muy pronunciadas, y todo ello con nuestro "Ferrari", y encima calentándose cada muy pocos kilómetros. Teníamos que atravesar un tramo que era famoso por sus curvas, y a la vez por las grandes pendientes de sus cuestas. Recuerdo que iba un gitano en su burro, nosotros parando y él adelantándonos. Era el trayecto de mayor dificultad, conocido como el Puerto de la Mora. ¿Sabéis a la hora que llegamos a Granada?; nada más que a las doce de la noche. Imaginad el calor que pasaríamos y lo cansados que llegamos. Al día siguiente repararon la avería y tan contentos.
Desde esta preciosa ciudad tomamos rumbo hacia Córdoba. Por cierto, esperando entrar a visitar la Mezquita sentados en el patio de los Naranjos, a unos metros de mi pude ver a mi doble, no creáis que exagero, todavía la recuerdo perfectamente; después me arrepentí de no dirigirme a ella. Siguiente etapa: Sevilla. En ese recorrido se nos pinchó el coche nada menos que tres veces. Por supuesto que nos quedamos sin rueda de repuesto, y gracias a un coche que paro y trasladó al tito Juan a un taller donde se las arreglaron  pudimos continuar nuestra aventura.
A continuación nos trasladamos a Madrid para continuar ruta hacia Valencia con el objetivo de viajar a Ibiza. Por fin nos trasladamos a esta hermosa isla. El viaje lo hicimos en barco, por supuesto acompañados de nuestro seiscientos, que a partir de Sevilla no dio ya ningún problema. En el puerto nos estaba esperando mi hermano Pepe, ya sabéis, el carmelita. Nos llevo a un hotel en San Antonio. Estaba situado a orilla de la playa. El dueño era un íntimo amigo suyo y no os podéis imaginar como nos trataron de bien y  como aprovechamos esos días de relax después de todas las peripecias que os he relatado. Estuvimos quince días que siempre los recordamos como inolvidables.
Hicimos diversas excursiones, entre ellas a la isla Conejera, a un lugar llamado la Torreta. Era un lugar precioso y completamente virgen, lo que le confería mucho más encanto. Allí nos esperaban un grupo de pescadores, y en una de sus barcas nos trasladó uno de los miembros de la familia de pescadores. Era un gran hombre, fuerte, de pocas palabras y un corazón inmenso. Nos obsequiaron con los mejores pescados elaborados por ellos y así pudimos disfrutar de una hermosa jornada. Al regreso, ya en alta mar, y pasando por un trecho de muchas corrientes marinas de repente el motor se paró. No había ninguna posibilidad de arreglarlo, tampoco medio alguno de comunicación para poder pedir auxilio. Aquel gran hombre y excelente pescador, que por cierto quiero que sepáis que se llamaba Antonio, sacó dos remos enormes de la bodega y de inmediato los colocó y se puso a remar. Todavía tenemos la imagen de como sudaba, del esfuerzo tan enorme que tenía que hacer, de como nos tranquilizaba para que no tuviésemos miedo. Tardamos en llegar al puerto más de tres horas. La tita Carmen se mareó, el pobre Antonio sufría de verla. El tito Pepe me dio una manzana, recuerdo que nos aconsejaba que miráramos a lo lejos y la mordiese a trocitos muy pequeños. Era lógico, puesto que no había más alimento. Así resistimos y por fin pisamos tierra. Toda nuestra estancia en la isla fue maravillosa y solamente nos puede brotar de nuestro corazón sentimientos de agradecimiento hacia todas las personas que tuvimos la suerte de conocer, y sobre todo al tito Pepe que fue el artífice de todos los acontecimientos que pudimos sentir y vivir.
El regreso a la península lo hicimos a Barcelona. Los abuelos en avión, los titos en barco.  


domingo, 3 de noviembre de 2013

Boda de los abuelos

En esta ocasión me apetece escribiros sobre la boda de vuestros abuelos para que podáis comparar como ha cambiado casi todo con el paso del tiempo. Para empezar, no se sabíais que nos casamos junto con el tito Juan y la tita Carmen  un veinticuatro de Junio de  mil novecientos sesenta y cinco a las seis de la tarde en la Parroquia de la Concepción. En el mismo acto también hizo su primera comunión nuestra sobrina Quiqui. Ya os hablé brevemente en una entrada anterior como todos los preparativos del gran acontecimiento se realizaron en casa de vuestra bisabuela. La Iglesia la adorno mi hermana Maravillas que tenía un don especial para esos menesteres.
La cena se elaboró al completo en los fogones de mi casa, bajo la "batuta" de mi hermana Chon. Recuerdo que en mi última noche de soltera dormí con mi madre (ya os he comentado alguna vez que mi padre se había ido al cielo once años antes), y a las seis de la mañana nos levantamos para ayudar un poco en las tareas culinarias.
Yo, que era la novia, me fui sobre las  diez de la mañana a la peluquería; por aquella época la abuela llevaba el pelo con bastante melena. En esos años uno de los descubrimientos más novedosos fue el uso de la laca para fijar el pelo, por cierto que  de las primeras lacas que se usaron, o por lo menos la que conmigo se utilizó, te dejaba el pelo como si fuesen alambres. Mi peluquera, con la mejor de sus intenciones, me "cardó" el pelo una barbaridad para que me durase toda la tarde. Me echó, como decís ahora, un "mogollón" de laca, y de esta guisa me volví a mi casa para seguir poniendo mi granito de arena en los preparativos de la comida.
Cuando llegó el momento de vestirme de novia la casa ya estaba repleta de invitados, la tita Mely, es decir, la mamá de Quiqui, me ayudó y me puso un poco guapa. En la cabeza llevaba un tocado en forma de casquete que cuando se me acopló, cosa por cierto nada  fácil porque os recuerdo que mi pelo parecía más alambre que otra cosa, se me bajó el pelo y al presionar el restante se "partió" por varios sitios, sobre todo por la parte de mis orejas y de mi frente. Cuando lo recuerdo todavía tengo la sensación extraña de quererlo echarlo hacia atrás y no poderlo conseguir por la rigidez que tenía.
Vidas mías, si estoy consiguiendo que os imaginéis la escena y os riáis  un poco habré conseguido trasladaros  bastante mejor de lo que esperaba la realidad de lo vivido.
Se me olvidaba otra anécdota importante; la cena se celebro al aire libre y sobre las cinco de la tarde se formo una nube de aire sin lluvia, pero lo suficientemente molesta para que todo el preparativo que ya estaba dispuesto sobre las mesas se llenara de hojas, polvo, que las flores colocadas cayeran,... y entonces, todas las personas encargadas de esos preparativos tuvieron que desmontar, limpiar y volver a realizar, a toda prisa  y con los nervios correspondientes de nuevo el trabajo para que todo quedara tan bien como habíamos previsto.  Quiero nombrar en este momento a un gran amigo que colaboró al máximo y en todo momento, se llamaba Julio .
La ceremonia religiosa fue perfecta, salvo que el tito Antonio que fue mi padrino, cuando fue a sacar las arras de su bolsillo se le cayeron al suelo y aquí también os podéis imaginad la escena que se produjo de nervios. Nos casó mi hermano Pepe, que estaba muy emocionado de poder realizar las dos bodas y la comunión. Ya os mostraré las fotos que tenemos para que comprobéis la realidad de todo lo que os he comentado.
El resto de celebración estuvo muy bien, todo el trabajo  dio su fruto.
En la próxima entrada os relataré el viaje de novios, merece un apartado aparte porque estoy segura que también os sacará una sonrisa.

domingo, 20 de octubre de 2013

Tortada


El fin de semana pasado sabéis que celebramos tres Santos juntos: el de la tía Eva, que lo teníamos pendiente desde septiembre, el de la abuela y el de la tía Tere, que fue el martes anterior. Vuestra abuela comenzó a recordar cuando ella era pequeña y que es lo que hacía mi madre para celebrar los grandes acontecimientos; rápidamente se le encendió la luz, una tortada. Como ya me conocéis, no os descubro nada si os digo que soy bastante atrevida, me puse en acción, saqué mi vieja libreta, y me ilusioné con la idea de que viéseis y probaseis las tortadas que se hacían en casa de vuestra bisabuela Juana.
Lo primero que hice fue rezarle a ella y a la tita Chon, ya que fue ella la que cogió el testigo de muchas de las actividades de mi madre, también el de la cocina. Ya os lo he comentado muchas veces que los sentimientos son muy difíciles de expresar, por lo menos para mi, pero todo el tiempo de su elaboración las tuve tan presentes, que como tengo la lágrima un poquito floja se me llenaban los ojos de ese liquido que en ocasiones te emana plácidamente sin poderlo impedir.
Para ellas el trabajo era infinitamente mayor, puesto que no existían batidoras eléctricas y todo era a base de trabajo manual. En esos recuerdos que me venían a la mente, jamás las vi quejarse, a pesar del gran esfuerzo que tenían que llevar a cabo. En aquella época, todas las celebraciones familiares se preparaban en la casa. Os pongo un ejemplo: cuando vuestros abuelos se casaron, que el mismo día lo hizo el Tito Juan e hizo la Quiqui su primera comunión,  la cena de celebración al completo se elaboro en la casa de vuestra bisabuela para todos los invitados, que os aseguro eran numerosos. Ella no pudo participar en el trabajo, porque estaba enferma, pero si ayudaba en ir dando el visto bueno a todo.
Un día que estéis todos, como sois unos estupendos reposteros, la vamos a repetir para que aprendáis a realizarla, y así cuando pase el tiempo, en alguna ocasión que os apetezca, podáis recordar la tortada de vuestra bisabuela Juana y por qué no, pasarle el testigo a las siguientes generaciones. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Sin asunto


Seguramente que el titulo de esta entrada os puede parecer extraño, y a mi también. Lo que intento comunicaros es una serie de sentimientos experimentados en este periodo vacacional recién finalizado en la que supongo mezclaré vivencias distintas y variadas, por ello no voy a escribir sobre ningún tema en concreto, y sí un poco de todo.
Lo primero que me sale del corazón es dar gracias a Dios por habernos permitido disfrutar de todos vosotros y de vuestros padres. Por otro lado, en cada baño que me he dado, no dejaba de seguir dando gracias. Sabéis que la abuela disfruta como una chiquilla en el agua; cada día lo hemos podido hacer y  esto para mi es un gozo inestimable. Muchas veces os he contado como a vuestra bisabuela Juana le gustaba el  mar y como en muchas ocasiones repetía: "si alguna vez tuviésemos una casa en la costa, que aunque fuese a lo lejos pudiese ver el mar, que felicidad sentiría". Jamás consiguió este sueño, pero gracias a ella todos podemos en la actualidad admirar ese mar.
Os he observado en silencio a todos, y me doy cuenta como os estáis haciendo mayores. Para poder darle un beso a Ignacio, ni de "puntillas" lo consigo; siempre comento que parece que crecéis como los pepinos, de noche. Os he visto jugar hasta la extenuación, y sin embargo no encontrabais el momento de terminar, siempre había protestas porque os parecía poco. El fútbol es el juego favorito, pero también ha ocupado buena parte de vuestro tiempo el ping pong. Por cierto, que vuestra abuela, con sus setenta y tres años, no ha quedado nada mal clasificada: el octavo lugar. Para mi es todo un éxito, pero tengo que reconocer que jugáis magníficamente, hasta algunos de vosotros le habéis ganado a vuestros padres. La abuela sabe jugar regular, pero lo que más me encanta es que todos queréis jugar conmigo. Gracias.
En natación, excepto Marta, todos lo hacéis muy bien, aguantando mucho, nada más y nada menos que llegáis sin descanso hasta las boyas.
En los pocos momentos de descanso que os tomabais tampoco habéis parado, entonces jugabais con vuestras máquinas, las conexiones que hacíais y las habilidades que todos tenéis me asombra, os he visto felices.
Para decir toda la verdad, también han surgido algún roce entre vosotros, nada importante, pero todos debéis poner vuestro granito de arena para evitarlos, y sobre todo, nunca olvidaros del consejo "borrón y cuenta nueva", perdonaros siempre, y recordar como en esas ocasiones os sentís mucho mejor.
Como soñar no cuesta, en mis ratos mirando el mar me he imaginado como seréis de mayores, os veo a todos siendo muy buenas personas, eso es lo más importante, como unos primos unidos, capaces de ayudaros en todo, fieles en vuestro cariño. Sencillamente como sois ahora. Estoy segura que si os lo proponéis lo vais a conseguir. Todo lo que ahora vivís juntos no olvidarlo jamás. Lo pienso y se me llenan los ojos de lágrimas, ya sabéis como es la abuela de sentimental. Mirad, los abuelos pensamos en vosotros y nos brota por toda nuestra piel un cariño desbordante. Siempre sabéis que os hemos aconsejado lo que mejor os conviene. No olvidaros de este párrafo, desde el Cielo estaremos viendo como lo lleváis a la practica.