lunes, 27 de septiembre de 2010

Mi prima Maravillas

Quiero que "conozcáis" un poco a esta prima hermana de vuestra abuela. En alguna entrada anterior os he relatado los hermanos que tenia mi madre, pues bién mi prima Maravillas era hija de mi tío Ginés, es decir, del hermano de vuestra bisabuela Juana. Eran cinco hermanos, el primogénito se llamaba Pepe, la segunda Maravillas, el tercero Paco, la cuarta Juanita (en la actualidad vive en Valencia y es monja en el convento de las Hermanas de los Ancianos Desamparados) y la quinta Chon.

Tratando de recordar la vida de mi prima, quizás lo mejor, es que haya sido siempre una mujer valiente, fuerte, unida a su marido en todos los momentos, sin aparentemente hechos extraordinarios en su existencia, pero matizo que sólo aparentemente. Os voy a contar una historia real de un acontecimiento en su vida mas que extraordinario.
Estaba recién casada con una hija de un año cuando su marido, que se llamaba Pepe, se puso enfermo de tuberculosis. En esos tiempos era una enfermedad con un alto riesgo de mortalidad. Además, también era sumamente contagiosa, de tal forma que en esa epoca el cuidado de dichos enfermos, que corría a cargo de los familiares, suponía una dificultad mayor para poderles atender y hacerlo en las mejores condiciones sanitarias.

En este caso, mi prima Maravillas fue su enfermera, acondicionaron una pequeña parte de la vivienda de sus suegros y ella se ponía una bata para entrar y no hacerlo con ropa ordinaria. Su hija de tan sólo un año se la llevaron a casa de sus abuelos maternos, y para que la pudiesen ver sus padres, en una terraza que previamente habían acristalado, se la aproximaban y a través de los cristales podían disfrutar de su presencia, aunque con la tristeza de no poderla besar y abrazar.

Los médicos le diagnosticaron que como mínimo tenían que pasar dos años para su posible curación, que en principio no tenian nada clara. Por aquella época iba en peregrinación la imagen de la Virgen de Fátima, llevándola en andas por los pueblos de la Región; coincidió que la trajeron aquí, y como los anderos eran familiares y amigos al pasar por la puerta donde se encontraba su esposo Pepe, pararon a la virgen delante de la terraza, a él lo incorporaron, y todos unidos oraron pidiendo su sanación.

A los dos meses lo volvieron a reconocer los médicos, y cual fue su asombro cuando observaron la total curación de Pepe sin dejar ningún tipo de secuelas. Ante la sorpresa de todos reconocieron que su salud se había reestablecido a través de un hecho sin ninguna duda extraordinario, y no por el tratamiento que estaba recibiendo.

Imaginad la fe que siempre ellos han tenido, y por conocimiento de este hecho también nosotros hemos tenido, a la advocación a la Virgen de Fátima. Después tuvieron ocho hijos más, en total cinco hijas y cuatro hijos; una de ellas se llama Fátima. Esto, cariños mios, es una historia real; yo era entonces pequeña, pero lo recuerdo perféctamente, y además ahora conozco mas detalles por mi prima Juanita, es decir, su hermana monja. Ya veis como el poder de la oración es inmenso y espero que sea el motor de vuestra vida.

Bueno ahora me traslado a la actualidad. Me parece que sabéis, que sin ningún merito por mi parte, tengo el privilegio de ser Ministro extraordinario de la Eucaristía. Por ese motivo, no recuerdo exactamente los años, pero como mínimo unos seis, le he estado llevando a la casa de mi prima Maravillas al Señor todas las semanas para que pudiese comulgar, pues tenia mucha dificultad para poder andar. En estos años, hemos podido relacionarnos de un modo mas íntimo, y no sólo eso, sino que el Señor también me ha permitido que se establezca una relación muy especial con cada uno de sus hijos, de tal modo que más allá de los lazos de sangre que, por supuesto existen, se ha iniciado una corriente especial de cariño mutuo que nos ha permitido vivir de una forma increible, que dificilmente yo sea capaz de relatar; como mi prima Maravillas ha afrontado su muerte y se ha ido al Cielo, irradiando paz, y transmitiéndola a todos los que hemos tenido la fortuna de poder vivir esos instantes tan fuertes e intensos, que con su testimonio nos inducía sosiego, serenidad y paz, y así hemos podido corresponderle a todas sus palabras de cariño, de dulzura, de naturalidad y de serenidad. De su boca, en plena agonía, no han salido otras palabras distintas a "os quiero, perdón si algo os ha molestado, vamos a rezar", despedirse de cada uno, dar uno y cientos de besos y hablar de todas las personas que ya tenemos en el Cielo, nada más ni nada menos. Podemos decir con seguridad, que tenemos otra nueva santa gozando de la presencia del Señor.

Me quedo con muchas cosas de ella, y la admiro por su fe y el amor que nos ha transmitido, dándonos fuerza y serenidad para superar estos momentos tan dolorosos por la perdida de un ser querido. Quiero recordarla en el cielo oliendo a espliego como antiguamente olía su habitación.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La vuelta al Cole


Después de este gran paréntesis de vacaciones voy a intentar volver a comunicaros sentimientos que me gusta compartir con todos vosotros. Mirad, con motivo de vuestra vuelta al Cole que he podido vivir, a todos os he observado y me alegra mucho que lo hayáis hecho contentos y con ganas. Lo que os quiero relatar es de como era la vuelta al Cole de vuestra abuela. Nunca he reflexionado sobre ello y ahora voy a recordar y a contaros como lo vivía.

Mi primera etapa escolar y hasta parte del bachiller lo hice en un colegio religioso. Cuando iniciabas la escolarización, con unos cinco o seis años, ibas a la clase que se denominaba de párbulos. Recuerdo que había que bajar unas escaleras para acceder a ella y que era una clase muy grande; daba a un patio pero la recuerdo con poca luz. La monja que teníamos como profesora era mayor y le teníamos mucho respeto, cuando mi madre iba al cole esta misma monja, siendo entonces muy joven también le dio clase. La verdad es que era muy buena, pero tenia unas normas que a mi no me gustaban. Antes de seguir recordando os tengo que confesar un secreto, los primeros días lloraba y no me gustaba ir, lo pasaba francamente mal.

Todos los días formábamos una fila alrededor de la clase y teníamos que poner las manos estiradas para que ella viese si llevábamos las uñas limpias, así como las manos. Para formar esta fila o cuando salíamos al recreo, lo hacíamos ordenadamente y tmicamente con un sonido muy peculiar, dando pequeños golpes con una "chasca", que por cierto cuando ella murió se la regalaron a vuestra bisabuela Juana y la tengo yo guardada. Un día vamos a desfilar con ese sonido.


Si nos portábamos bien, el premio consistía en darnos con una cucharilla muy pequeña una chispa de azúcar que siempre tenia guardada en un bote pequeños de hojalata. Si nos portábamos mal, el castigo consistía en tenernos un rato encima de un ladrillo que se movía y que le llamaba el del demonio. Era una clase muy grande, aunque para mi triste, con muchos niños y niñas, y con esas pequeñas artimañas la monja profesora conseguía mantener el orden perféctamente.

A los diez años, en el plan de estudios de mil novecientos cincuenta, se hacia un curso que se llamaba ingreso a bachiller. Consistía pricipálmente en una prueba de ortografía realizando un dictado, y también unos ejercicios de aritmética. A partir de ahí inicie mi bachiller, consistía en hacer cuatro cursos y revalida, es decir, un examen general de esos cuatro años, y después dos cursos mas con su propia revalida. Bien, los cuatro primeros años los hice en ese colegio religioso, pero los exámenes finales de Junio íbamos a Murcia, al Instituto Saavedra Fajardo, y en un solo día nos examinaban de todas las materias. Era una verdadera aventura ese viaje, y os voy a contar por qué. Entonces había un tren que nos conectaba con la capital. Tardaba tres horas ( lo que ahora se hace en cuarenta minutos ), salia a las seis de la mañana y diréctamente nos íbamos de la estación al Instituto, medio mareadas, sin casi tomar nada, nerviosas, con el calor correspondiente que hace en esas fechas, un poco asustadas. En aquel tiempo, cuando yo cursaba el cuarto curso, mi padre estaba muy enfermo, de tal manera que el Señor se lo llevo al Cielo; imaginad que año tan duro pase. Bien, pues ya los dos siguientes años, así como el ingreso a la Universidad y la Carrera de Magisterio lo hice viviendo en Murcia y todo cambio para bien académicamente.

Os voy a contar una cosa que quizás ni vuestros padres sepan. En una ocasión mi madre me aconsejo que hiciese Magisterio y mi respuesta fue: "antes fregare escaleras que dar clase". Pero cariños mios, la vida a veces te da sorpresas, y dices cosas sin saber exactamente tus verdaderas preferencias, y este es el caso de vuestra abuela, que después como sabéis, no solo es que me he dedicado en cuerpo y alma a mi profesión de dar clases, sino que he sido feliz haciéndolo, y que el día que tome la decisión de prejubilarme lo hice con pena. Cuantas veces me he acordado de mi madre por aquel consejo que me dio, y que yo aun sin tenerlo claro acepte.

jueves, 15 de julio de 2010

Segunda parte Tita Chon

Tengo la sensación que no he sabido transmitir lo que en realidad era mi hermana Chon. Había comentado que no era fácil y menos para mi, pero de todas maneras voy a intentar ampliar un poco mas lo que yo creo ha representado para los que hemos tenido la suerte de haber convivido muchos años con ella.

Era una persona que podías tener la plena seguridad que cuando llamabas a su puerta siempre estaba y además, dispuesta a escucharte, a ofrecerte todo lo que tenia para que probases sus riquísimas "sobras", acompañadas sobre todo de su cariño y de historias vividas a lo largo de su agitada vida, que te dejaban sorprendidos porque realmente era situaciones increíbles. Algunas de apuros, otras que podían haber servido perfectamente para películas de terror, pero que las había soportado por evitar ese sufrimiento a otros.

Con ella el mayor de los obstáculos parecía no existir, porque aunque le costase mucho trabajo el intentar resolverlos, nunca se daba por vencida y siempre sabias que podías contar con su ayuda. Jamas recuerdo que hiciese nada para ella, al contrario siempre estaba dispuesta para los demás. La tita Chon la tenias dispuesta para todo, sin pereza, con verdadero amor.

Contaba los cuentos como nadie, sin prisa, despertando el interés máximo en sus relatos. A vuestros padres, así como a todos los hijos de mis hermanos, su ilusión era hacerles cosas que sabían les gustaba. Si alguno se ponía enfermo, la primera que estaba era ella. Hacia unos caramelos de azúcar exquisitos, que los elaboraba para paliar la acetona, y a todos les encantaba.

Me doy cuenta que hay relatos que por mucho que me esfuerce me es imposible poder transmitir. Quiero dejaros una cosa clara, ya os lo he dicho alguna vez pero no me canso de repetirlo porque considero que es de justicia: ser madre es mucho mas que parir, la tita Chon nunca lo hizo, y sin embargo os puedo asegurar que en su corazón parió a todos sus hermanos y a sus veintitrés sobrinos.

Una frase que también repetía con frecuencia era: " quisiera que volaras y no vuelas ", es decir, quería que fuéramos capaces de crecernos en las dificultades, que no dejásemos de hacer algo porque fuera mas o menos complicado, sino que estuviésemos dispuestos y preparados para todo tipo de situaciones.

Cuando era joven, junto con la tita Maravillas, se iban a estar unos días en Navidad con el tito Pepe, cuando estaba de estudiante para hacerse carmelita. Actualmente eso no tiene ninguna importancia, pero en la posguerra, sin medios económicos, sin buenos medios de transporte, era toda una aventura viajar a Zaragoza. A eso tenemos que añadir que iban cargadas de equipaje, pero no de maletas buenas con ropas estupendas, sino de cajas de cartón, cestas de mimbre con comida para que su hermano y compañeros tuviesen esos días mejores alimentos. Se trasladaban en tren, pero de la siguiente forma: se montaban en la estación de Calasparra, se bajaban en Chinchilla, allí esperaban durante horas a un enlace para Valencia, el cual tenían que coger a media noche con un frió intenso, y subirse a otro tren que las llevaría a esta capital, para desde allí emprender el viaje bien a Tudela o a Zaragoza, dependiendo en que lugar se encontraba. En una de las ocasiones, tenían que bajarse en Tudela, se quedaron dormidas y amanecieron al final del trayecto que era Zaragoza, con un nevazo tremendo, pero sin desfallecer ante las dificultades, con la ilusión que lo hacían, siempre lo contaban con alegría y riéndose.

De los que la conocieran y me estén leyendo, ¿quién no recuerda ese olor tan característico de que se acercaba la Navidad?. Eran unos días de trabajo muy fuertes, porque después de las matanzas venia la elaboración de los dulces de Pascua : mantecados, pasteles, rollos, polvorones con chocolate y sin el (el papel de envolverlos también se recortaba con mimo con sus " flecos " correspondientes), mazapán, cordiales, y para finalizar siempre el alfajor, en una caldereta de cobre, en la lumbre, que era todo un ritual. Previamente se había hecho el pan del alfajor, que lógicamente también se tenia que moler. Era mucho trabajo porque la familia era larga, y porque además también la bisabuela Juana regalaba mucho. Y que contaros de las picardías, las hacia magistralmente dándole el "punto" a la perfección. Otro recuerdo imborrable es el de la "noche del reventón", es decir, la víspera del miércoles de ceniza. En mi casa existía la costumbre de hacer tortas fritas y churros, acompañados de chocolate. Mi madre cuando eramos pequeños nos decía que teníamos que comer hasta que por las orejas apareciese un churro, bueno ni os imagináis la cantidad que se elaboraban y la ilusión que nos hacia. El significado de esta noche es porque como al siguiente día comienza la cuaresma y debe ser tiempo de austeridad, esa noche se hacia ese extraordinario como una despedida a la temporada anterior.

Otro rasgo muy característico de ella, (de la tita Chon) era el tema de los regalos que le queríamos hacer en momentos puntuales; los rechazaba siempre, vinieran de quien fuese, especialmente en la última etapa de su vida que no aceptaba nada. Esto se convirtió en una verdadera rareza y para los demás en un gran problema, pues no sabíamos como obsequiarla, ya que verdaderamente lo merecía. Ella, sin embargo hacia todo lo contrario para los demás; nunca le parecía bastante el obsequiar a todos.

Igualmente era especial en ella su aversión a que se le hicieran fotografías, de hecho conservamos muy pocas en las que aparezca.

Como habréis observado las dos imágenes que preceden a estas dos entradas sobre mi hermana Chon, aparecen muchos corazones, y es porque en el suyo era tan grande que podía albergar todos los de su familia.

domingo, 4 de julio de 2010

La tita Chon



En mi ultima entrada, como sabéis, os he hablado de la casa de la carretera. Esa casa sin la figura de mis dos hermanas mayores no habría tenido el significado de lo que realmente ha supuesto en nuestras vidas. Hoy como habréis observado por el titulo os voy a intentar hablar de mi hermana Chon.

En la entrada que os hice de la casa de la carretera, en la imagen, veis que en la puerta esta dibujado un corazón, así como en la parte superior. Quizás sea la mejor forma de definir a las personas que dentro habitaban. No puedo dejar de emocionarme un poco recordando la vida de mi hermana. Fue una vida entera entregada al servicio de los demás. Desde muy jovencilla, se responsabilizó de tareas que en realidad no le correspondían, pero que al sentir la necesidad que mi madre tenia de ayuda, ella empezó a edad muy temprana a erigirse en una segunda madre. Contaba, por ejemplo, muchas veces, como estando estudiando en Murcia, se llevaba a uno de mis hermanos pequeños, para aliviar un poco el trabajo de la casa.

Fue, además, una luchadora incansable; por circunstancias de salud de mi padre, tuvo que luchar con todas sus energías, haciendo también de padre, en numerosas ocasiones, sobre todo en la posguerra, tratando de sacar adelante los muchos problemas que iban surgiendo.

Estudió el bachiller y después la carrera de Magisterio, (recordad que nació nada menos que en mil novecientos trece). En aquella época ser mujer y estudiar no era lo habitual, sobre todo si recodáis que mi padre a los siete años, dejo de ir a la Escuela por tener que ayudar a su padre en las tareas del campo. Además, tenia también en contra de su formación que había nacido en un pueblo en donde no había la posibilidad de realizar los estudios como en una capital. Pero bueno, con su tesón, esfuerzo y trabajo, consiguió la meta que se había propuesto, y no puedo dejar de mencionar algo importantísimo y fundamental, y es que siempre fue con el apoyo incondicional de mis padres, que con muchísimo sacrificio, le ayudaron en todo momento. Una anécdota de su carrera de maestra, es que hizo oposiciones, y al estar segura de que había sido injustamente calificada, se negó a repetir la prueba, y nunca ejerció su profesión, salvo esporádicamente en alguna sustitución.

Tenía una capacidad de trabajo inmensa, jamás dejó de hacer algo por dificultoso que pareciese, por cansancio. Siempre estaba dispuesta a renunciar a todo en favor de los demás. Creo incluso, que no llego a tener una vida propia, pensando sólo y exclusivamente en su familia.
Pero la tita Chon era mucho más que todo eso. Era un corazón tan grande, que parecía que nada le costaba trabajo, todo en ella parecía que se podía resolver sin grandes esfuerzos. Siempre estaba en esa casa, con servicio permanente, dispuesta a ayudarte en lo que la necesitaras.
Otras de sus cualidades, es que tenia facilidad para relacionarse con todo tipo de clases sociales. Hubo una época, en que conocimos a un médico ,que era un profesional de los mas cotizados, que empezó a tratar a mi padre. En esos momentos tenia uno de sus hijos con un problema de salud, estaba sin ganas de comer absolutamente, y mi hermana, que era una persona muy entrañable para los niños, comenzó a llevarle cosas hechas por ella, a contarle historias y así poco a poco, se fue reponiendo; como además le venia bien pasar una temporada en un sitio con clima seco, mi padre le ofreció nuestra casa del pueblo para que se viniesen los meses del verano; así lo hicieron varios años, y de esta manera llegaron a formar parte de nuestra familia de una manera natural, con la sencilla actitud de ayudar en lo poco que podíamos hacer. Ese medico, a mi padre lo nombraba como si fuera el suyo y pasábamos unos veranos de mucha gente, pero llenos de cariño hacia esa persona, que con vuestro bisabuelo Paco se portó de maravilla.

La tita Chon era una cocinera estupenda, no le daba ninguna pereza hacer por ejemplo croquetas para todos, a lo mejor trescientas, pero eso si, tenían que ser todas iguales, porque era una perfeccionista. No todo el mundo le valía de pinche, porque ella necesitaba a su lado, alguien que la entendiese solo con la mirada. La verdad es que ese privilegio era de vuestra abuela.
En muchas fiestas de Mayo, nos juntábamos unas doscientas personas, ella era la cocinera que nos dirigía todo lo que había que condimentar; tenia un dicho muy característico: "entre el día y la noche no hay pared", es decir, que cuando había que hacer algo, no importaba la hora, sino el terminarlo correctamente. En la huerta de los abuelos, el día dos de Mayo, ni os podéis imaginar, las paelleras de arroz que se cocinaban, o las noches de las migas, la cantidad que se hacían, en la parte de atrás de casa de los abuelos, o las comidas en la casa de la carretera, con todas las autoridades e invitados. Todo planificado por ella y siempre con ilusión y ganas.

Recuerdo también ahora, un verano, estando con nosotros esa familia de la que antes os he hablado, eramos todos pequeños, y se le ocurrió la feliz idea para que lo pasáramos bien, de celebrar el bautizo de unos muñecos que tenían las niñas de nuestros amigos (no os he dicho, que eran dos niños y dos niñas). Bien, al tito Juan lo vistió de sacerdote, a una prima de la abuela (la prima Conchita), de madrina y a uno de los hijos del medico de padrino. Ni os imaginais como lo preparó todo; cuidó hasta el más mínimo detalle como si fuesen de verdad los protagonistas. Ya os enseñaré fotos de esos momentos.

No tengo palabras para describir como era, si os aseguro que con sus aciertos y equivocaciones fue una persona entregada por amor a toda su familia a la que amó sin limites, y también a muchas personas por las que hizo cosas inenarrables. Siempre podías contar con ella.

Los últimos años de su vida, postrada en una cama, ni una sola vez la oí quejarse, sino que de su boca solamente salían palabras de agradecimiento.

Se podría escribir un libro de su vida, existen miles de acontecimientos de todo tipo y anécdotas, pero tampoco creo que se trate de eso, sino de que hayáis conocido un poco de la vida de una mujer luchadora, valiente, trabajadora que lo dio todo por los demás.

domingo, 13 de junio de 2010

Casa de la Carretera



El titulo de esta entrada es la casa donde vuestra abuela nació. Nunca se la conoció con este nombre, hasta que empezaron a venir al mundo los nietos de mis padres, y como estaba ubicada en una carretera, en vez de decir, vamos a casa de los abuelos, la nombraban de esta manera y así se quedo.


Era una casa muy grande con un entrada enorme, a continuación una habitación que le llamábamos de los pájaros, porque los azulejos que tenía eran dibujos en colores muy alegres precisamente de pájaros, de techos muy altos, le seguía una cocina en la que comíamos en una larga mesa de mármol, con un fuego que en invierno permanecía siempre encendido, y la cocina donde se hacían las comidas, hasta que apareció el invento del butano, era lo que se denominaba una cocina económica. Consistía en una gran plancha de hierro que tenia distintos fuegos, con unos aros del mismo metal que servían para cocinar con cacharros de mayor o menor tamaño. Bueno, no os he dicho lo principal, se calentaba dicha placa con leña y carbón; imaginad como se llenarían todos los utensilios de tizne. Para limpiarla, que por cierto siempre estaba resplandeciente, se utilizaba sosa y después de quitarla, con piedra pómez pasándola una y otra vez.

En aquella cocina se hacía de todo, quiero decir, no solamente lo habitual, sino también juegos y ratos de tertulia. Me encantaba jugar a las conejeras, consistía en poner las sillas haciendo un túnel, encima le colocábamos alguna alfombra vieja, allí nos escondíamos, salíamos a comer como si fuésemos conejos, y eso tan simple nos entretenía. También la mesa de mármol servía de tablero para el ping-pong. Mis hermanos Paco y Antonio lo hacían muy bien, Manolo y Juan bien y yo regular, pero cuando me dejaban jugar me sentía feliz. Otra estancia muy importante era el comedor, lugar que nos servía para poder estar juntos y así poder disfrutar de la compañia de todos. Era una habitación enorme, que en invierno se calentaba con una estufa de hierro a la que se le suministraba leña. Todos los días mi madre, cuando estábamos todos, sacaba su rosario y lo rezábamos con ella.

Mi madre era una persona que emanaba bondad por todos los poros de su piel. Podríamos calificarla como una persona buena. Cuando yo era pequeña y le venia a contar pequeñas rencillas que podía tener con amigas o mis hermanos, su frase siempre era la misma: y tú que les has hecho. Vosotros sabéis perfectamente que cuando os peleáis con hermanos o primos, normalmente todos tenéis un poco de culpa. Además, era muy inteligente y trabajadora. Pensad que eramos muchos hermanos, para nada existían las comodidades actuales y se hacia labores hoy impensables, como por ejemplo: remendar sabanas, zurcir calcetines, limpiar todos los trajes de hombres, ¿como?, a base de quitarles muy bien el polvo con una "paleta" de mimbre, dando una y otra vez, y después con agua y amoniaco, y ya para rematar la faena planchando con las planchas de carbón.

¿Sabéis donde se bañaba la abuela cuando era pequeña?, en un barreño de zinc al lado de la lumbre. El cuarto de baño lo pudieron hacer cuando yo tenia unos ocho años, que por cierto supuso un gran acontecimiento.


En Navidad, mi padre sacaba una guitarra que ya no volvía a tocar el resto del año, y cantábamos villancicos. El tito Juan y yo nos solíamos vestir de payaso, yo la verdad con poca gracia, un poco a la sombra de las gracias que se le ocurrían a mi hermano. Mi madre, en la Noche Buena, siempre sacaba ese Niño Jesús que ahora también vosotros adoráis. A las doce todos juntos nos íbamos a la misa del gallo.

La casa de la carretera ha sido siempre lo que es en la actualidad esta casa de los abuelos. Era el lugar de reunión de todos los hermanos con sus respectivos hijos. Siempre había cabida para todos. Mi padre no tuvo la dicha de conocer a ningún nieto y mi madre tampoco a todos. En mi caso sólo conoció al mayor de mis hijos, y por un periodo muy corto de tiempo, solamente dos años. Normalmente los domingos y fiestas nos reuníamos a comer. Se formaba lógicamente mucho jaleo, pero también pasábamos unos ratos muy entrañables.

En ocasiones, con todos los pequeños hacíamos un simulacro de un programa de radio que se llamaba "Fiesta en el Aire". Consistía en que cada uno hacia su actuación con aquello que mejor se le daba, es decir, unos bailaban, otros cantaban etc. Recuerdo ahora por ejemplo, a uno de mis sobrinos cantar la canción "cuando yo sea grande", esa canción que vosotros también conocéis, pues bien, lo hacia estupendamente con una carita de ángel preciosa.

No se si he sido capaz de que hayáis podido haceros una ligera idea de como era esta casa, y no me refiero físicamente, sino lo que ella suponía para todos nosotros. Era tener la certeza que en ese sitio siempre había alguien que te recibía con los brazos abiertos para todo cuanto necesitaras. Antes de terminar quiero hacerlo con una frase que repetía en ocasiones vuestra bisabuela Juana: Las casas no son grandes ni pequeñas, son los corazones los que las hacen de una manera o de otra.